el teatro

          Los jugadores actúan, con las piernas, en una representación destinada a un público de miles o millones de fervorosos que a ella asisten, desde las tribunas o desde sus casas, con el alma en vilo. ¿Quién escribe la obra? ¿El director técnico? La obra se burla del autor. Su desarrollo sigue el rumbo del humor y de la habilidad de los actores y en definitiva depende de la suerte, que sopla, como el viento, donde quiere. Por eso el desenlace es siempre un misterio, para los espectadores y también para los protagonistas, salvo en casos de soborno o de alguna otra fatalidad del destino.
          ¿Cuántos teatros están metidos en el gran teatro del fútbol? ¿Cuántos escenarios caben dentro del rectángulo de pasto verde? No todos los jugadores actúan solamente con las piernas.
          Hay actores magistrales en el arte de atormentar al prójimo: el jugador se pone la máscara del santo incapaz de matar una mosca y entonces escupe, insulta, empuja, arroja tierra a los ojos del contrario, le pega un certero codazo en el mentón, le hunde el codo en las costillas, le tironea el pelo o la camiseta, le pisa un pie cuando está parado o una mano cuando está caído, y todo lo hace a espaldas del árbitro y mientras el juez de línea contempla las nubes que pasan.
          Hay actores memorables en el arte de sacar ventaja: el jugador se pone la máscara del pobre infeliz que parece imbécil pero es idiota y entonces, ventajea: ejecuta la falta, el tiro libre o el saque de costado varias leguas más allá del punto indicado por el árbitro. Y cuando le toca formar barrera, se desliza desde el lugar señalado, muy despacito, sin levantar los pies, hasta que la alfombra mágica lo deposita encima del jugador que va a patear la pelota.
          Hay actores insuperables en el arte de hacer tiempo: el jugador se pone la máscara del mártir que acaba de ser crucificado y entonces rueda en agonía, agarrándose la rodilla o la cabeza, y queda tendido en el césped. Pasan los minutos. A ritmo de tortuga acude el masajista, el manosanta, gordo traspiroso, oloroso a linimento, que trae la toalla al cuello, la cantimplora en una mano y en la otra mano alguna pócima infalible. Y pasan las horas y los años, hasta que el juez manda sacar del campo a ese cadáver. Y entonces, súbitamente, el jugador pega un salto, plop, y ocurre el milagro de la resurrección (Galeano, 2000: 14-15).

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