heysel

LIVERPOOL-JUVENTUS (29/5/85)

                […] Me pasé largas tardes en los cafés de Old Compton Street con otros profesores o con un nutrido grupo de jóvenes italianos estupendos. Era una manera espléndida de perder el tiempo.
                Estaban al corriente, por descontado, de mi afición al fútbol (el asunto salía a relucir sin que yo supiera cómo en más de una conversación de clase). Por eso, cuando los alumnos italianos empezaron a quejarse en la tarde del 29 de mayo de que no tenían acceso a ningún televisor, de que no podrían ver cómo se cepillaba la Juve al Liverpool en la final de la Copa de Europa, yo mismo me ofrecí a presentarme esa noche en el colegio, con las llaves, para que todos juntos viésemos el partido.
                Cuando llegué, se había reunido decenas de alumnos; yo era el único no italiano en el lugar. Me vi arrastrado por su animoso antagonismo y por mi vago patriotismo, y di el paso de convertirme en hincha honorario del Liverpool aunque sólo fuese por una noche. Cuando encendí el televisor, Jimmy Hill y Terry Venables aún estaban comentando los prolegómenos. Bajé el volumen para que los estudiantes y yo mismo pudiéramos hablar del partido, y anoté en la pizarra unos cuantos términos de vocabulario futbolístico mientras esperábamos el pitido inicial. Al cabo de un rato, cuando las conversaciones fueron apagándose poco a poco, los chicos se empeñaron en saber por qué no había empezado aún el partido, y quisieron enterarse de lo que estaban diciendo los ingleses. Hasta ese momento no comprendí a fondo qué estaba pasando.
                Así, me vi en el brete de explicarles a un grupo de guapos y jóvenes italianos de uno y otro sexo que en aquel estadio de Bruselas los hooligans ingleses habían causado la muerte de treinta y ocho personas, en su mayor parte hinchas de la Juventus […].
                Al final, la sorpresa estuvo en que todas esas muertes fueran causadas por algo tan inocuo como las carreras, una costumbre a la que la mitad de los jóvenes hinchas del país se habían dedicado en un momento u otro, y que sólo tenía por objeto amedrentar a los adversarios y divertir a los que participaban. Los hinchas de la Juve –muchos eran hombres y mujeres elegantes, de clase media– no tenían por qué saber en qué consistía esa costumbre. ¿Cómo iban a saberlo? Carecían del complejo y pormenorizado conocimiento de la conducta que es –o era– propia de las masas en Inglaterra, el conocimiento que todos nosotros habíamos absorbido sin darnos cuenta. Cuando vieron a una muchedumbre de hooligans ingleses vociferando a pleno pulmón y corriendo hacia ellos, les entró el pánico y echaron a correr en bloque hacia uno de los extremos de la gradería. Se desmoronó uno de los muros de carga, y en el caos consiguiente muchas personas murieron por aplastamiento. Fue una horrorosa forma de morir, y es probable que todos viésemos cómo morían aquellas personas. Todos nos acordamos del hombretón barbudo, el que tenía cierto aire de Pavarotti, implorando con una sola mano un auxilio que nadie le pudo prestar.
                […] Si el Arsenal hubiese jugado aquella noche en Heysel yo seguro que habría estado allí, no metido en peleas ni en carreras, pero sí como parte integrante de la comunidad que había dado pie a esa clase de comportamiento, hasta el punto de considerarlo absolutamente natural. Y todo el que haya hecho uso del fútbol tal y como ha sido utilizado en incontables ocasiones, por el intenso olor a bestia que siempre confiere a quien así lo use, también tuvo que sentirse avergonzado. […] La chiquillada que en Bruselas resultó mortal era perteneciente de forma clara y definitiva al continuum de acciones en apariencia inofensivas y sin embargo amenazantes –cánticos violentos, gestos obscenos, todas las muestras de conducta incivil– que una muy amplia minoría de hinchas había llevado a cabo durante poco menos que veinte años. En dos palabras, Heysel fue parte orgánica de una cultura en la que muchos, y me incluyo, habíamos tomado parte activa.

Más, aquí: Nick Hornby. Fiebre en las gradas. Barcelona: Anagrama, 2008.

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