¿te acuerdas, baggio, de aquel penalti?

          Coraje, Baggio, es tu turno. Hacían falta la emoción y el dolor y la espera y la angustia de los penaltis para mantener viva la final más fea de un mundial de fútbol. Coraje, Baggio: el destino no podía sino elegirte a ti. Debes marcar. Estás obligado a marcar o el Brasil se hará con la Copa. Debes marcar, después de haber traído a Italia hasta aquí, hasta este día de calor y de esperanza. Hasta aquí, hasta el estadio Rose Bowl de Pasadena, California. Último acto de USA’94, el campeonato del mundo de las palomitas y de una supuesta nueva frontera del balón. ¿Conseguirá el soccer convertirse en deporte nacional o seguirá siendo una nostalgia para mejicanos, italianos, colombianos e irlandeses?
          Entre tanto tú, Baggio, tienes un penalti que lanzar. ¿Pero sabes cuántas cosas han ocurrido antes? En todos estos años que han pasado, en todos los demás campeonatos. Quizá no lo sabes, durante el breve camino que te lleva al encuentro de tu disparo más difícil, Taffarel, el portero brasileño, reza y reza. Y tus pasos, en el silencio absurdo del estadio, resuenan casi grotescamente; parece que estemos en un film de terror, Baggio, en un horroroso film americano de terror, ¿entiendes?, esos con tantos monstruos y ningún misterio, donde la gente grita porque debe gritar, aun sabiendo que todo es una ficción, que aquella mujer asustada interpreta la misma escena por vigésima vez, que todos están cansados: ella, el director, el operador de cámara, el director de fotografía, la maquilladora. Pero no estamos en el cine, estamos en un estadio de Norteamérica, cedido al soccer por el béisbol y el fútbol americano, sports aburridísimos, aún más, spots aburridísimos, donde todo va escandido por la publicidad. Espera, lanzador, antes de correr a la primera base, espera: hay un anuncio de pasta de dientes de mil sabores o de las vitaminas que toman también los astronautas.
          Pero tú, Baggio, estás yendo al encuentro con la Historia: el honor y la gloria o una decepción que se convertirá en cicatriz. Tus colegas Daniele Massaro y Franco Baresi han fallado sus penaltis. Los has visto volver con sus ojos llenos de lágrimas, has susurrado, para consolarles, un “no importa”. También uno de los brasileños ha fallado: el defensor Marcio Santos. Y también al enemigo abatido habrías querido tenderle la mano, apretarlo en un abrazo fraternal. Pero éstas, Baggio, no son las reglas del juego. Fue Sartre quien definió el fútbol como “metáfora de la vida”. Así que no puedes hacer nada: hay quien gana, hay quien pierde. Esta noche te sentirás dios o polvo, vencedor o vencido, víctima o verdugo.
          La historia (esta historia) pasa por aquel círculo blanco de yeso. Míralo, Roberto Baggio, porque podría convertirse en la isla de tu supervivencia o tu naufragio.
          Es breve el camino, mientras a tu espalda los jugadores brasileños se cogen de las manos y los otros jugadores azzurri tratan de darte ánimo con sus pensamientos, con su energía positiva, con sus ganas de gritar que sí, que podemos conseguirlo. Inmóvil en su banquillo, tu entrenador Arrigo Sacchi tiene los ojos bien abiertos, alucinados. Sacchi, el mismo que te sacó del campo contra Noruega. Habían expulsado al portero Pagliuca y él decidió que, para hacer sitio al suplente Marchegiani, debías irte tú, el duende de la coleta del que el Calcio esperaba quién sabe qué maravillas. Y tú, Baggio, cuando entendiste que eras la víctima indicada, el chivo expiatorio de una decisión arbitral, mostraste, a los ojos de todo el globo, tu desprecio por aquel entrenador que codiciaba un balón basado en los esquemas y no en los hombres, donde la ciencia debía prevalecer sobre el corazón, como si de nada hubiera servido la extraordinaria finta de Garrincha o el zurdazo de Gigi Riva o el túnel de Pele, un pase de Platini, la asistencia de Rivera.
          Lo mandaste al diablo, a él y al dogma, a él y a sus teorías, a aquel entrenador que celebraba el propio ego, sintiéndose el centro del universo. Y todos pensaron: aquí termina el mundial de Roberto Baggio, talento quemado en el altar de un estridente laboratorio futbolístico.
          Y en cambio, no. En cambio, ahí estás, a pocos pasos del círculo de penalti. Sí, has sido tú quien ha traído a Italia hasta este instante fatal. Tú, con tus goles, tu rabia de fuera de serie herido. También Sacchi, ahora, reza por ti, porque tu disparo sea preciso. Así, todo volvería a igualarse, y este Italia-Brasil, cero a cero en el primer tiempo, cero a cero tras la prórroga, tendría un sentido. Y nuevas incertidumbres. Y nuevas pulsaciones.
          Tú no me ves, Baggio, no puedes verme. También porque –imagino– tus ojos, tu corazón, tus músculos se concentran en aquel círculo de yeso, la antecámara de la felicidad o de la locura. El portero Taffarel, mientras tanto, está cumpliendo el rito de un breve baile. Y mira al cielo.
          ¿Por qué mira al cielo?
          No hay nubes siquiera.
          No puedes verme, Roberto Baggio. Pero yo estoy allí arriba en la atestada tribuna de prensa. Junto a mis colegas. Los ordenadores, cubiertos por un cartón para protegerlos de los rayos del sol. Yo, mis colegas, los otros periodistas, los hinchas italianos, los brasileños, los neutrales, el ojo frío y cínico de las cámaras. Todos nosotros seguimos el avance solemne de tus pasos.
          El film de terror se ha esfumado.
          Parece, en este preciso instante, una escena surreal. ¿Dónde han terminado los tambores, las voces, los aplausos, los gritos, la alegría y la simple sonrisa? ¿Dónde han terminado el ruido y los colores? Te observo, Baggio, y pareces demasiado pequeño, demasiado frágil dentro de esa camiseta azul una talla más grande, como un estorbo. Con aquel peso que sientes sobre los hombros: deber marcar.
          Sí, deber marcar.
          Para Italia, que te está viendo por televisión, para la Italia esparcida por el mundo que también en el balón encuentra un motivo de liberación, para festejar, para sentirse dueña.
          Y yo pienso en cuántos otros pasos, en otros mundiales, han cumplido jugadores como tú, ahora, en el límite entre el todo y la nada.

De Darwin Pastorin. Ti ricordi, Baggio, quel rigore?

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2 respuestas a ¿te acuerdas, baggio, de aquel penalti?

  1. Forza Depor dijo:

    ¡Gran foto! Enhorabuena por el blog.

  2. Forza Depor dijo:

    Gracias por la traducción.

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