días dorados

ARSENAL-LIVERPOOL (EN WEMBLEY) (11/4/87)

          Hay una cosa que tengo por segura en esto de ser un hincha: no se trata de un placer indirecto, a pesar de que todo parezca indicar lo contrario. Los que digan que prefieren jugar, en vez de ir a ver un partido, yerran por completo. El fútbol es un contexto en el que ver se convierte en hacer, y no en el sentido aeróbico del término, ya que ver un partido, fumar como un descosido mientras dura el encuentro, beber después del partido, comer patatas fritas en el camino de vuelta a casa, seguramente son actividades que no te harán ningún bien, como sí lo haría un poco de ejercicio al estilo de Jane Fonda, o como se supone que hace bien corretear de un lado a otro por el campo. Pero cuando se da un triunfo de uno u otro tipo, el placer no irradia de los jugadores a los hinchas, no llega de forma pálida y aminorada hasta los que estamos al final de las gradas; nuestra diversión no es una variante aguada de la diversión del equipo, por más que sean los jugadores los que marcan los goles y suben después las escaleras de las tribuna de Wembley para recibir el saludo de la princesa Diana. La alegría que nos inunda en tales ocasiones no tiene nada que ver con la celebración de la buena suerte que hayan tenido otros, sino que es una celebración muy nuestra. Cuando se produce una derrota desastrosa, la tristeza que se apodera de nosotros es, en efecto, una forma de autocompasión. Todo el que aspire a comprender de qué manera se consume el fútbol no tiene que entender esto antes que ninguna otra cosa. Los jugadores no son más que nuestros representantes, elegidos por el entrenador y no designados por nosotros, a pesar de lo cual siguen siendo nuestros representantes. A veces, si uno mira con verdadero tesón, logra ver las barras que los unen línea por línea, y los mangos que desde la banda nos permiten moverlos. Soy parte del club tal y como el club es parte de mí, y lo digo a sabiendas de que el club me explota, de que no tiene en cuenta mi punto de vista, de que a veces me trata como a un cero a la izquierda, de manera que mi sentimiento de conexión orgánica con el club no tiene nada que ver con la tozudez, la confusión y otros malentendidos sentimentales en torno al funcionamiento del fútbol profesional. Aquel triunfo de Wembley me perteneció a mí tanto como perteneció a Charlie Nicolas o a George Graham (¿recuerda Nicholas aquella tarde con tanto cariño como yo, teniendo en cuenta que Graham prescindió de su concurso al comenzar la temporada siguiente, para traspasarlo al mejor postor?), y me lo trabajé tan a fondo como ellos. La única diferencia que hay entre ellos y yo estriba en que yo he invertido más horas, más años, más décadas que ellos, y por eso comprendo mejor qué sucedió aquella tarde. Por eso aprecio con más dulzura por qué sigue brillando el sol cada vez que la recuerdo.

Léelo en: Nick Hornby. Fiebre en las gradas. Barcelona: Anagrama, 2008.

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