fútbol y televisión

COVENTRY-ARSENAL (13/12/87)

            […] No vi un partido de Liga en directo por televisión hasta 1983, igual que cualquier aficionado de mi generación. Cuando era pequeño, no daban mucho fútbol por televisión: una hora el sábado por la noche, otra hora el domingo por la tarde, a veces algún partido entre semana (nunca entero), cuando nuestros equipos disputaban partidos en Europa. Rara vez veíamos los noventa minutos en directo. Algunas veces, se retransmitían en directo los partidos de la selección inglesa, y la final de Copa, y puede que la final de la Copa de Europa… Dos o tres partidos al año como mucho.
            Obviamente, era ridículo. Las semifinales de Copa, o los partidos decisivos del Campeonato de Liga, no se televisaban en directo; a veces ni siquiera se daban los resúmenes. (En 1976, cuando el Liverpool le quitó el Campeonato de Liga al Queens Park Rangers por un pelo, vimos los goles en el telediario, pero nada más: había un montón de normas televisivas que nadie entendía del todo bien). A pesar de la tecnología que ha dado pie a los satélites, a la televisión en color, a las pantallas de veinticuatro pulgadas, etcétera, teníamos que pegar la oreja a los transistores. A la sazón, los clubes comprendieron que se podía ganar un dineral con la tele, y que las cadenas televisivas estaban dispuestas a pagar esa pasta; a partir de aquel momento, la conducta de la Asociación de Fútbol Profesional ha recordado a la de la mítica muchachita que sale de un convento. La Liga de Fútbol Profesional dejará que cualquiera haga lo que le apetezca: cambiar la hora del comienzo del partido, el día incluso previsto, los equipos, las camisetas, da igual. No hay nada que les parezca excesivo. Mientras, los hinchas, los clientes de pago, están considerados como idiotas más o menos graciosos, más o menos fáciles de engañar. La fecha que se anuncia en la entrada no tiene ningún peso: si la ITV o la BBC deciden cambiar el partido para que se juegue en un momento que les convenga más, lo harán sin ningún reparo. En 1991, los hinchas del Arsenal que se habían propuesto viajar a Sunderland para presenciar un encuentro crucial descubrieron que, con la interferencia de la televisión (la hora prevista pasó de las tres a las cinco), el último tren de regreso a Londres había salido antes de que concluyera el encuentro. ¿Y qué más daba? Sólo a nosotros nos importó: a nadie que de veras contase.
            Seguiré yendo al campo a ver los partidos que se televisen en directo desde Highbury, sobre todo porque tengo la entrada pagada. En cambio, que no cuenten conmigo para ir a Coventry, a Sunderland o a donde sea, si puedo quedarme en casa a ver el partido, y espero que mucha gente haga lo mismo. Un buen día, la televisión se percatará de nuestra ausencia. Al final, por muchos micrófonos de ambiente que pongan entre el público, serán incapaces de reproducir el ambiente de verdad, porque allí no habrá nadie: todos nos habremos quedado en casa a ver el partido. Y cuando llegue ese día, espero que los entrenadores y los directivos se ahorren la pomposa y amargada declaración en la que se quejen de nuestra volubilidad (Hornby, 2008: 272-273).

Sigue leyendo en: Nick Hornby. Fiebre en las gradas. Barcelona: Anagrama, 2008.

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