desmesuras deportivas. por fernando lázaro carreter

          La transgresión idiomática, con chillido incluido, es de norma, en las crónicas deportivas orales, mientras que la profusión de figuras retóricas caracteriza las escritas. Y es que el redactor, para mantener la atención del lector, ha de «extrañarlo» mediante usos no habituales en la prosa ordinaria de la noticia. Careciendo de los recursos fónicos del locutor, los compensa con un despliegue ostentoso de ornamentos.
          Toda la variedad de figuras retóricas que han sido codificadas desde Aristóteles hallan acomodo en esta jugosa prosa. La metonimia se da en viejas acuñaciones como llamar «cuero» al balón, trencilla» o «colegiado» al árbitro y «meta» al portero. Especialmente brillante es la que hallamos en «El gol de Kodro adormeció las piernas realistas», ya que, probablemente, no le entró sueño a esa parte del cuerpo.
          La elusión aludiendo, como cuando Góngora escamotea el nombre de Ganimedes, y lo evoca refiriéndose sólo a su lugar de origen, «el garzón de Ida», se emplea profusamente por los cronistas deportivos, unas veces para evitar repeticiones, pero otras por mero adorno y caracoleo de estilo. Y así, el desafortunado Marino Lejarreta es «el jabato de Bérriz», de igual modo que Bahamontes fue apodado «el águila de Toledo». Por este camino se llega a la antonomasia, que produce resultados bastante constantes. «El coronel blanco» identifica inequívocamente para los «connaiseurs» al defensa brasileño Rocha; «los de Pucela» sólo pueden ser del Valladolid, de igual modo que «el sabio de Hortaleza» remite como una flecha al entrenador Luis Aragonés. Fue recurso bien acreditado en el lenguaje de los juglares: Ruy Díaz era «el de Vivar» o «el castellano»; Martín Antolínez, «el burgalés de pro»; Galín Garciaz, «el bueno de Aragón». Aunque estas, identificaciones juglarescas resultan muy primitivas ante hallazgos tan definitivos como el del periodista que, en la última Vuelta a España, llamó al ciclista Robert Millar «el perplejo escocés del pendiente en la oreja». Nótese, además, la precisión: el pendiente le colgaba de la oreja y no de otra parte.
          Los adalides épicos solían ser muy religiosos, y recibían premios celestiales. Durante su última noche en Castilla, el Campeador recibió en sueños la visita del arcángel San Gabriel. Cuando despertó, dice el juglar, «la cara se santiguó. / Signaba la cara, a Dios se fue a encomendar». También se santiguan muchos artesanos del músculo, y, en ocasiones, los futbolistas, al salir al campo, untan las yemas de los dedos en el césped, como si fuera un sacramental. El Cid ofreció alguna de sus victorias a Santa María de Burgos; los atletas actuales las brindan a las Vírgenes de la Merced, del Pilar, de los Desamparados, según toque.
          No es raro que los informadores tiñan de expresiones religiosas sus descripciones. De un jugador o jugadora a quienes todo sale bien, se asegura que está «en estado de gracia» (los informadores laicos suelen expresarlo con la grosería de que «tiene una flor en el culo»); si es el equipo el que acierta, «roza el cielo»; y ante un paradón inmenso del meta del Madrid, el locutor exclamó arrebatado: «¡Dios ha descendido sobre la portería de Paco Buyo!».
          La pública religiosidad constituye el testimonio de lo afectivos que suelen ser atletas y deportistas. Incluso lloran cuando una adversidad o gloria les sobreviene: los hemos visto en los juegos Olímpicos mientras el juglar-locutor hacía notar que el semideo o la semidiosa «no puede contener las lágrimas». Ello es anejo al carácter épico del deporte. De Homero a Ariosto, pasando por las gestas medievales, todos los grandes héroes derramaron llanto. Qué hacen los capitanes de Carlomagno sino «plorerdes oilz», de igual modo que los del Cid «lloran de los ojos».
          Este lenguaje constituye el reino natural del énfasis y de la hipérbole. La emoción aumenta con la desmesura. En los toros ocurre igual, pero admite finos elementos líricos que raras veces se observan en el lenguaje deportivo. Sí, en la delicada «vaselina» balompédica, esa lenta jugada del balón pasando grácilmente por encima del portero, y aterrizando en la red, o en esta ocasional hipérbole de suaves imágenes: «Conchita se fue empequeñeciendo tanto que, a veces, parecía del tamaño de un cañamón», o en el remoto aroma lopesco, que se percibe al leer que «Schuster se sacudió a un rival con cierto donaire»; no puede decirse con más melindre que le dio un empujón alevoso. No de Lope, sino de algún inspirado letrista para tonadilleras, es el elogio de quien compara a los que llama «chavales de la cantera» con esas «mozas ―dice―, que florecen en primavera, es decir ―aclara―, como un clavel reventón». Pero estas joyas líricas son más bien raras en tan rudo lenguaje.
          Porque, en general, las hipérboles deportivas suelen ser enérgicas, dinámicas, ardorosas, al igual que las de los viejos juglares épicos: «Los jugadores corrieron a morir», extraño complemento moderno este «a morir» o «a muerte», que convierte a los jugadores en kamikazes. La crueldad en los juegos puede ser extremada. Según declaró Michel: «El Madrid ha padecido una presión criminal». Era verdad: según un cronista testigo, la Real, con «una garra de acero, casi lo estrangula». Y como ser vencido es menos honroso que morir, Arancha, que lo estaba pasando muy mal, pero es, dice el narrador, «valiente y guerrera», se mostró «más dispuesta a encontrar la muerte que a sufrir de agonía». Nadie se anda con chiquitas: «Manolo apuntilló a los bilbaínos». En el baloncesto ocurre lo mismo: «El Estudiantes recibió ayer un mortal mazazo». Menos letal resulta que un corredor o jugador o nadador o jinete se muestre «intratable», estúpido anglicismo que no lo califica de mal educado, sino de invencible.
          Pero las hipérboles más frecuentes, como era de esperar, son las que extraen la exageración del ámbito épico-guerrero. Se trata de «desmantelar» a los rivales y, para ello, son necesarios el arrojo, los explosivos, las armas, los ingenios bélicos: «Valdano sacó la trompeta para el toque de carga»; «El equipo de la ONCE se lanzó a un ataque enardecido»; «El «drive» de Arancha fue una bomba cargada de pólvora»; «Mónica Seles jugó con una precisión de caza norteamericana»; «La delantera del Barcelona se convirtió, a partir de entonces, en una batería artillera».
          Mientras, los burócratas del llamado «movimiento olímpico» siguen diciendo que el deporte pacifica.

 

F. Lázaro Carreter. “Desmesuras deportivas”. Litoral 237 (2004).
Deporte, arte & literatura

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