una teoría sobre mourinho

ENRIC GONZÁLEZ 05/10/2009

          Marinus Michels es, se supone, la unidad de medida. Hay muchos otros grandes técnicos, y algunos de ellos han ganado más trofeos que Michels. Pero el viejo tacaño holandés, el hombre a quien nunca vio jamás la billetera, fue elegido el mejor entrenador del siglo XX por la FIFA, y eso es algo. Hacia finales de los 60, al frente del Ajax, Michels estableció el canon del fútbol moderno, y eso es mucho.
          Michels no fue un futbolista excelso, sino un delantero obstinado y peleón. En la posguerra holandesa no existía el fútbol profesional, y el Ajax, su equipo, era una peña de aficionados. ¿Tiene importancia la experiencia como jugador? A juzgar por Maradona, no. Algunos grandes entrenadores han sido grandes futbolistas, y ahí están Cruyff o Guardiola. Otros, como Arrigo Sacchi, no tocaron un balón antes de sentarse en el banquillo. Suele sospecharse que quienes no jugaron o fueron futbolistas muy mediocres (el citado Sacchi o Benítez) tienden al pizarreo, al hipercontrol táctico y al resultadismo; Wenger, que fue un futbolista discretísimo, desmiente la sospecha.
          Michels era de carácter autoritario. También lo fueron o lo son Ferguson, Beckenbauer o Lattek, y, a su manera, Cruyff. Michels era pragmático y consideraba que en el fútbol hay que enfangarse cuando conviene: “El fútbol profesional se parece a una guerra: quien se comporta con demasiada limpieza está perdido”.
          Michels prestaba una gran atención a la cantera y a la gestión de la plantilla. Pensaba que era importante equilibrar fuerza y técnica en el equipo, defensa y ataque, pero le daba la misma importancia a las cuestiones psicológicas. En ese aspecto, era casi tan eficaz como Helenio Herrera, que inventaba tormentas para que descargaran sobre él y no hubiera presión sobre los futbolistas, o, a su manera brutal, Fabio Capello.
          Durante mucho tiempo, pensé que José Mourinho reunía las características que definen a un gran técnico: carácter, pragmatismo, capacidad para la gestión técnica y humana. Mourinho empezó a estudiar fútbol desde niño: su padre fue un buen portero y luego, cuando empezó a entrenar, tuvo a su lado al pequeño José; su tío fue presidente del Vitoria de Setúbal, y José pudo aprender de él los aspectos políticos y económicos del fútbol. Luego trabajó como ayudante de Robson, que no era un mal maestro, en el Sporting de Lisboa, el Oporto y el Barcelona, donde tuvo también ocasión de familiarizarse con Van Gaal y su libreta.
          Cuando se estableció por su cuenta, obtuvo éxitos grandiosos con el Oporto y ganó dos veces la Liga inglesa con el Chelsea. Ahora es campeón de la Liga italiana con el Inter. Se trata de un historial más que respetable.
          Dicen que es resultadista, pero también lo dicen de Fabio Capello, un tipo que al menos una vez, en una final de la Liga de Campeones ganada 4-0 al dream team de Cruyff, demostró ser algo más que eso. Todos los grandes técnicos han creado fútbol brillante, del que no se olvida. Mourinho, no. Aunque dirigió un gran Oporto y un Chelsea solvente, su fútbol nunca ha dejado poso en la memoria. Es el único entre los supuestamente grandes técnicos de hoy (gana nueve millones anuales en el Inter) que no lo ha conseguido.
          Ahora creo que a Mourinho le falta algo esencial. Mi teoría es que lo sabe todo sobre el fútbol, pero no sabe que es un juego. Y, por tanto, no sabe disfrutarlo.

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