la epopeya polícroma del balón

LA VIRTUD DE LOS CABALLEROS MEDIEVALES SOBREVIVE HOY DÍA
EN LAS VARIOPINTAS CAMISETAS DE LOS FUTBOLISTAS. CADA COLOR, UN SÍMBOLO.

Maurizio STEFANINI   ¦   6/12/2008

                 Barack Obama es el primer presidente de color en la Casa Blanca: él mismo se enorgullece de la cohesión de su familia comparándola con un anuncio de Benetton, y Oliverio Toscani ha aceptado su paternidad de la revolución cromática en la política estadounidense. Ciertamente, es erróneo calificar como de color a las personas de origen africano cuando en realidad, desde el punto de vista espectroscópico, el negro es más bien la total ausencia de color. Lo demostró el célebre experimento de Isaac Newton en 1704, al hacer pasar un rayo luminoso a través de un prisma de Islandia que descomponía el haz de luz blanca en violeta, índigo, azul, verde, amarillo, naranja y rojo, demostrando así que el blanco es la mezcla de todos los colores. Por el contrario, el negro se obtiene precisamente cuando estos rayos, en lugar de ser reflejados, son absorbidos por el objeto iluminado.
                Pero los colores, en realidad, son mucho más opinables de lo que pueda pensarse. Nietzsche, por ejemplo, escribió que “los ojos de los griegos eran ciegos para el azul y el verde” hasta que los persas no les enseñaron a distinguirlos. También el Extremo Oriente percibía el verde como un azul desvanecido, veía el rojo puro como una especie de cinabrio y ponía en lugar del amarillo un azafrán anaranjado, antes de que llegase la influencia del colonialismo cromático occidental. Aún más, si ni siquiera los colores son inmutables y objetivos, figurémonos entonces si lo será su significado. Otra curiosidad cromática norteamericana, que los europeos redescubren con cierta sorpresa con cada periodo electoral estadounidense, es el modo en que los estados mayoritariamente demócratas o republicanos son coloreados en los infogramas televisivos según un esquema opuesto a nuestra tradición: la derecha republicana en rojo, que por el contrario se asocia en gran parte del mundo a la izquierda; y la izquierda demócrata en azul, color asociado en buena parte del planeta a la derecha. Ciertamente, es un uso que se remonta a poco después de la Guerra civil norteamericana, en que los republicanos habían sido la izquierda antiesclavista y los demócratas, la derecha filosudista. Así que la excepción es más aparente que real.
                Probablemente la coincidencia entre la publicación de la obra y la elección de Obama es puramente casual y, en efecto, en la rica y estimulante casuística tratada, los colores de la política americana no están incluidos; pero es interesante y ameno reconstruir un poco de esta historia verdaderamente coloreada a través del libro apenas publicado de Sergio Salvi y Alessandro Savorelli: Tutti i colori del calcio. Storia e araldica di una magnifica ossessione (Le Lettere, 19 euros, 225 páginas), una amplia investigación sobre los lazos entre la heráldica medieval, los uniformes bélicos, la simbología política y las equipaciones futbolísticas. Ya en los años ochenta, el historiador francés Michel Pastoureau había aplicado el método de la Escuela de los Annales a la simbología del color en la Historia. En particular, ocupándose del azul, que según los sondeos es el color preferido en la civilización occidental: más del cincuenta por ciento, contra el veintiuno por ciento del verde, el diez por ciento del blanco y el nueve del rojo. Pero éste no es un dato descontado: en Japón, por ejemplo, el color más votado es el blanco, mientras que la antigüedad se basaba en la terna blanco-negro-rojo. No teñido y lavado, no teñido y sucio: teñido con el que fue el primer –y por muchos siglos único– colorante, el púrpura que los fenicios conseguían con la cocción de los moluscos de la especie murex. Dado que se necesitaban doce mil conchas para extraer apenas dos gramos de color, los vestidos teñidos eran carísimos y reservados a personajes de gran prestigio: el púrpura imperial y las togas de los senadores, heredadas después por los cardenales (como senadores de la Iglesia) y llamadas, por ello, púrpuras.
                El español mantiene los vestigios lingüísticos de estos esquemas mentales cuando llama tinto al vino rojo y colorados a los partidos políticos representados por el rojo en Uruguay y Paraguay. Pero era aquél un rojo que la precariedad de las técnicas del teñido no permitían distinguir suficientemente del violeta, por lo menos hasta que en el Medievo los múrices no fueron progresivamente sustituidos por la rubia tintórea, que además era bastante más económica. Además, en el siglo XIII, la adopción de la isatis tintórea en lugar del más costoso índigo permitió también un verdadero boom del azul, que conquistó definitivamente el occidente como atributo de la nobleza. De aquí la famosa sangre azul… Y esto sucedía a pesar de la desesperada resistencia de algunos mercaderes de rubia tintórea de la Renania que, para evitar la ruina, pagaron en vano a algunos pintores de frescos de iglesia para hacerles colorear de azul al mismísimo diablo. Desde el siglo XVI se produjo un retorno a la importancia del blanco y el negro: un poco por la invención de la imprenta, un poco por la ofensiva contra los vestidos de color, que empezó con las leyes suntuarias adoptadas en algunas ciudades italianas sobre la base de las prédicas de San Bernardo, continuó con el anatema a favor del gris –que paradójicamente igualaba la propaganda calvinista y la de la Contrarreforma–, y culminó durante la Revolución industrial con las nuevas reglas de la moda masculina dictadas por Lord Brummel. Pero el gusto por el azul sobrevive, y de ahí el gran éxito de los jeans: azules y oscuros al mismo tiempo.
                Exactamente aquí comienza la investigación de Salvi y Savorelli: en el momento en que, a finales del XIX, la moda de Lord Brummel se extiende incluso al ámbito militar. “Desde que el mundo era mundo, el hombre ha ido al combate ataviado como a una fiesta, bien con pintura sobre la cara y el cuerpo, bien luciendo plumas multicolores, penachos, turbantes, crestas, ushankas, capas y fajas llamativas”. Hasta que la guerra no se transformó, repentinamente, “de batalla a rostro descubierto en una secuencia de sutiles emboscadas: en una lucha por la supervivencia –era la época de Darwin–, en la que el rol más importante viene desempeñado por la astucia, por la adaptación al terreno y por el mimetismo que elimina los uniformes de color relegándolos a los desfiles solemnes y a las evocaciones históricas. De descarado pavo real-guerrero, el soldado se transforma en un camaleón que imita el color del suelo y de la vegetación para capturar su presa. Los abrigos azules y los pantalones rojos de los uniformes franceses; los abrigos rojos y los pantalones blancos de los ingleses; los abrigos blancos y los pantalones azules de los austriacos del ochocientos, que todos hemos visto alguna vez en el cine, ceden su puesto a los monos de color tierra, piedra, bosque e incluso gris cemento para la guerrilla urbana; a los quepis brillantes sobre las cabezas tiznadas de negro humo y a los cascos coronados por ramas. Quizá el absurdo de la guerra ha salido a la luz, perdiendo también su engañosa máscara: la fascinación por los uniformes se ha gastado hasta convertirse en una frase hecha”.
                Pero la virtud de los caballeros antiguos, según Salvi y Savorelli, no ha muerto. Sobrevive en las camisetas de los futbolistas: guerreros simbólicos, en cuyos enfrentamientos se absorbe una gran parte de las funciones identitarias y representativas, un tiempo puestas en escena por las contiendas bélicas y caballerescas. Naturalmente, hay un filón de continuidad con el deporte de la época greco-romana: ciertamente es casual, pero cuando, en 1994, Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte organizaron las primeras selecciones nacionales de fútbol para disputar el campeonato internacional más antiguo todavía existente, el Home International Championship del Reino Unido, ¿cuáles fueron los colores que eligieron para sus respectivas camisetas? El blanco, el azul, el rojo y el verde, esto es, los mismos colores de los distintas facciones en las carreras de cuádrigas de los circos de Roma y Bizancio. Pero la relación de continuidad más sólida se produce sin duda con la tradición heráldica y caballeresca. Exactamente siete eran los colores de la heráldica: los dos esmaltes metálicos, plata y oro, esto es, blanco y amarillo; y los cinco colores propios y verdaderos, rojo, negro, azul, verde y violeta. La ley del color imponía siempre asociar un metal a un color: nunca dos metales o dos colores entre ellos. Y todavía, de hecho, los encargados de una tienda de ropa nos recuerdan: “el blanco va bien con todo”.
                Como se ha dicho, también los colores de la ciencia reconstruidos por Newton son siete: los mismos que la Liga Española de Fútbol reproduce en su logo. Pero en realidad son nueve, con el blanco y el negro, respectivamente como fusión o eliminación de todos los demás. De la combinación entre heráldica y ciencia, Salvi y Savorelli reconstruyen los once colores del calcio. En primer lugar el blanco y el negro; después el rojo, el verde, el amarillo, el violeta y el azul, comunes a ciencia y heráldica. El añil, azul oscurecido que en el sistema de Newton correspondía al índigo. El naranja, otro color newtoniano. Y en fin el celeste, azul claro, y el grana y el burdeos, que la teoría, la tradición y el hincha del Livorno y del Torino distinguirían, pero que en la práctica del fútbol moderno tienden a igualarse. Es más, como observan Salvi y Savorelli, también los giallorossi de la Roma son en realidad desde hace decenios naranja-grana: por lo menos desde que el fascismo impuso rebajar el rojo demasiado vivo que tenía un cierto resabio bolchevique. Cuatro son las excepciones: el rosa, el lila, el gris y el carmesí. El carmesí del Tolentino, explican, deriva de un fundador ex-bersagliere. El gris del Alessandria, de una sociedad tacaña que deseaba ahorrar en el gasto de limpieza, mientras que el gris que se alterna con el rojo en la camiseta del Cremonese es un error de “transcripción” del plata del esquema heráldico municipal. Y el lila del Legnano es una variante del violeta.

                 Particular es en cambio la historia del rosa, que, junto a un curioso corbatín negro, constituyó la primera divisa de la Juventus, resultado de una partida de género rosa destinado originalmente a labores de costura para señoritas y ancianas señoras de la buena sociedad, y comprada a precio de saldo por el pariente de uno de los fundadores. Después la Juventus se convirtió de verdad en la Vecchia Signora del calcio italiano, pero antes incluso de ganar el primer scudetto, las camisetas rosas, utilizadas como primera equipación durante años, habían sido sustituidas por las actuales paladas en blanco y negro. Entre paréntesis, otra contribución muy interesante de Salvi y Savorelli radica en la aplicación a las camisetas futbolísticas de la antigua terminología de los escudos heráldicos: paladas las camisetas de Juventus, Inter, Milan y Bologna; lisas las de Napoli, Fiorentina, Torino y selección nacional; partidas las de Genoa y Cagliari; bordadas las de Roma y Verona; con faja burelada la de la Sampdoria; fajada la del Pro Patria; con chevrón invertido la del Brescia; cruzada la del Parma; etc. Volviendo a la Juventus, el palado blanquinegro es idéntico al de la escuadra inglesa del Notts County, y fue en efecto proporcionado por un aficionado de origen inglés precisamente nativo de Nottingham. Dado el prestigio que los equipos de la “patria” del fútbol –Inglaterra– tenían en la época, este tipo de imitación no era para nada raro. El mismo partido rojo y azul del Genoa es el del colegio de Eton, sustituido en 1902 por el palado azul y blanco tomado del Sheffield Wednesday, que a su vez en 1900 había sustituido la originaria camiseta lisa en económico blanco, común también a otro gran club italiano de la época: el Pro Vercelli.
                El Casale, scudetto en 1914, eligió en cambio el negro por oposición campanilista a las casacas blancas del Pro Vercelli. Y de tenor semejante es también el origen de las camisetas interistas. Herbert Kilpin, jugador, fundador y dirigente llegado para fundar el Milan después de haber jugado en su ciudad natal con el Nottingham Forest, había partido precisamente del rojo del propio Forest, a su vez inspirado por las camisas garibaldinas: “Las camisetas deben ser rojas porque nosotros somos diablos. Pongámosles un poco de negro para meter miedo a todos”. El Inter, nacido en 1908 de una escisión del Milan, mantuvo el negro, pero poniendo contra el rojo “diabólico” un azul “angelical”. Curioso es el caso del Hellas Verona, que en el amarillo y el azul retoma los colores municipales, según una elección común con la Roma, pero en el nombre remite a la Grecia de las antiguas Olimpiadas, como en el homenaje que a la bandera helénica, blanca y celeste, hace en sus camisetas la Lazio. Y volviendo al rarísimo rosa futbolístico, también el primer Palermo había adoptado el rojo y el azul de Eton.

                La leyenda dice que derivó después en rosa y negro tras haberse desteñido en la lavandería, fenómeno que Salvi y Savorelli califican como científicamente imposible. En realidad, parece que el cambio se deba al entrometimiento de la esponsorización de la empresa Florio, promotora también de la conocida Targa automovilística: más allá de la Marsala producía de hecho un dulcísimo licor de rosas, aconsejado a los hinchas para festejar las victorias, y un amarguísimo digestivo de color negro, para tragar mejor las derrotas. En la radio de los años setenta, habría sido la misma filosofía de la famosa publicidad de “Todo el fútbol minuto a minuto”: “¿Vuestro equipo ha ganado? ¡Festejad con Stock! ¿Vuestro equipo ha perdido? ¡Consolaos con Royalstock! Y si ha empatado: ¡Julia, el aguardiente de carácter!”.
                Son infinitas las anécdotas sobre el color, pero el espacio se acaba y no queda más que aconsejar la lectura de todo el libro. Solo un último apunte. El deporte, observan Salvi e Savorelli, ha “salvado al color del naufragio”. Pero “por una curiosa venganza de la historia, como si la pulsión cromática fuese irresistible, en la sociedad moderna se asiste a un retorno del color en la vestimenta civil, y en particular en aquella de estilo casual, ahora desbordante, provocada por la convención deportiva”. “El uniforme deportivo ha conquistado los favores del prêt-à-porter masculino, visto que el hombre se ha decidido a vestir como ropa cómoda no solo las camisetas de los clubes de fútbol más famosos, vendidas en todas las tiendas del planeta, sino también sudaderas con nombres de equipos inexistentes sobre la faz de la Tierra. En resumen, Obama está desempeñado ciertamente su papel: pero es sobre todo el fútbol el que está recuperando un mundo de color.

Traducción de Maurizio Stefanini. “L’epopea policroma del pallone”. Giornale Il Foglio.it

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2 respuestas a la epopeya polícroma del balón

  1. Espreitando dijo:

    Entonces la del Depor es…

  2. Espreitando dijo:

    …palada blanquiazul!

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